lunes, 26 de noviembre de 2012

Rituales

Y tuve un sueño, en mi vieja escuela. Si, ya sabes, todo en orden. La biblioteca era un desastre de malos hábitos, información, marxismo, temperamentos encontrados y reglas no cumplidas; la comida desafiaba el alma de cualquier valiente: levantarse y pelear, simular el goce. Grises edificios entre el bien y el mal, entre el concreto desierto y el graffiti irreverente sin sentido de lucha, sólo rebeldía ausente de contenido. Salones pequeños y averías eléctricas, áreas verdes revestidas de un aire otoñal que anhelaba retener la frescura de una tarde soleada que caía sobre nuestros hombros y nuestras ilusiones. El cuerpo empezaba a desfallecer, la esperanza recorría por última vez mi cabeza, iluminaba cual vela agitada por el inclemente embate del aire que presagia la tormenta. ¿Para qué es todo este suspirar? Miraré en la tarde, miraré en la mañana y esperaré a que la noche dibuje las primeras estrellas en el cielo, pues ella estaba ahí: rosa/dorada, brillante. El sueño dentro de un sueño o la ilusión hechicera de una promesa rota.

Cierro los ojos y de pronto escucho tambores, armonizan el andar de una corriente que en el río va. El tamborileo crece ¿puede escucharlo? Puedo jurar que lo escucha, es un ritmo todopoderoso... ¡espera! no, no puede, ella es él origen del estruendo. Mi cabeza me dice que el efecto Doppler pronto pasará y volveré a averiguar lo que ese terrible escocés quería decirme. "No te muevas", "No respires", "No me dejes ir", "¡Detente!". Al fin se detuvo, el ruido provocador de esos tambores ha muerto. ¿Pero es verdad que el silencio no es más que ausencia de sonido? Aun puedo escuchar el susurro del río que entre sus afiladas rocas me pide seguir su cauce a través del bosque inmenso que ahora ha sustituido el inerte paisaje de mi vieja escuela. Árboles y veredas, hojas rojizas que apenas distingo; sigo su largo camino desde las ramas hasta el suelo. Y ahí estaba ella: rosa/dorada y brillante, con esa sonrisa que me regaló en aquella solitaria vida que compartimos bajo aquél farol londinense que atestiguó nuestras alegrías y fracasos hace ya más de veinte inviernos. El sonido comienza de nuevo en mi cabeza, pero algo cambió. El ruido es demasiado sutil y delicado, pero firme y contínuo... son las pisadas de alguien. Son las pisadas de ella, que ahora se pierde entre la maleza. 

Dudé entre seguirla a pie a través de la pesada oscuridad, o escapar al río. El eco de sus delicados pies me fascina y horroriza al mismo tiempo, es más alto que el cantar de una sirena o que el tintineo de una campana. Es más dulce que el cielo y más ardiente que el infierno. El río me confiesa que, si busco el cielo en mi interior terminaré por encontrar un demonio. Esa fue la señal determinante... el rio era el camino. Ahí intenté ahogar el estruendo, pero el agua no pudo silenciar mi deseo por seguir su estela. Devoré el sonido y el sonido me devoró, así que caminé siguiendo el rastro con la única guía de aquellas canciones que alguna vez fueron éxitos y que ahora sirven para mitigar el torpe ímpetu contenido en hojas y hojas de papel que mueren por rellenarse, por contar historias, por vivir el sueño del sueño. Estoy condenado si sigo, pero también estoy condenado si me detengo. Prosigo entonces hasta el corazón del bosque pues algo me dice que ahí estará ella, rosa/dorada, brillante; no puedo escoger lo que se mantiene ni lo que se desvanece, pero puedo buscar la luz entre la densa velada.

Mi razón me decía que estaba perdido, pero mi intuición clamaba por fin estar donde debería estar, a pesar de que no había luz, ni sonidos, ni señales de vida. Entonces ella sostuvo mi mano en la pálida penumbra proyectada por su ahora incandescente luminaria. Nunca pensé que su resplandor pudiese ser tan violento, pero el costo de la ceguera no ha sido en vano pues ahora comprendo que yo era un señuelo y que ella estaba de cacería, que los vacíos en mi mente, el espacio en mi cama, el silencio entre lo que pienso y lo que le dije, el miedo nocturno y la mañana clara, las provocaba ella con tan solo un gesto provocador de sus pisadas errantes hacia mi supuesto lugar. Mis ojos no pueden verla, pero me emociona el encuentro pues ahora nuestro amor se pastorea en un sonido tan triste sellado por el beso que acaba con el sueño. Perfecto. 

Entonces despierto, veo bancas alrededor de mi y un viejo pizarrón que recién fue borrado, una nota que dice que debemos repetir el ritual alguna otra noche de luna llena y una melodía que me remonta al hogar de ella, rosa/dorada, brillante. Al sueño del sueño, a la ilusión hechicera de la promesa rota, al bosque agreste de nuestro futuro pasado.

Fin de la transmisión.




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