Una jornada que termina jocosamente en el jardín de los juicios justos que justifican la jungla en la que los jaguares juegan con su juventud y rompen su jaula jovialmente. Precioso paisaje que pinta el panorama de países pletóricos de plata, párpados problemáticos poblados por pueblos proféticos, pureza probada prendida de pobres placeres parecidos al pensamiento de una perezosa Placentalia. Gloriosa glotonería de una graciosa guardiana de grandes gracias y gustos gordianos, gotas de ginebra sobre una guitarra viajera de galaxias en guerra. Una joven preciosa guerrera. Sse justamente un anhelo dentro de la ilusión del soñador, una luz estelar imposible de alcanzar pero lo suficientemente cercana para que pueda usar mi traje de astronauta, una paz problemática que rompa con los arquetipos de la belleza, el orden y el amor. Añade un poco de anarquía al anarquismo, golpea a la violencia y dale un beso apasionado al romance, perfecciona la perfección y pidele una limosna a la pobreza.
¡Ahora baila! Grita por la partida del amor de tu niñez, llora para que la lluvia que cae no se sienta sola en su largo andar desde el cielo hasta el suelo, sonríe por todo el subcontinente indio, sobre tierras pluriculturales y a través del hielo que cubre nuestro hogar; alguna vez hiciste un juramento sobre una colina llena de sueños, uvas y cigarras pululantes, alguna vez vestías de blanco, escuchabas campanas y bebías vino tinto mientras un conocido extraño te secuestraba y alardeaba por ser el celador que había superado todas las pruebas necesarias para proteger la encarnación que decidiste adquirir en este pequeño ciclo. Ya te vas dando cuenta que hace milenios te adoraban por brindar fertilidad a las mujeres y felicidad a los hombres, ya vas descubriendo que ningún mortal escribe sin alguna musa y que nadie toma fotografías si no hay nada que retratar; ya puedes escuchar una vieja canción de un grupo setentero que suena en la radio y en tu corazón.
Algo en la llegada del sol hace llorar gentilmente a tu guitarra, algo me decía que ese día debí tardarme un poco más de tiempo en la cama; algo cambió ese 5 de diciembre cuando pensé que las pocas horas de sueño evocaban esa imagen tuya ahora tan grabada en mi memoria: tu ligera pero abundante cabellera negra que tanto adoras peinar cada noche caía suavemente sobre los finos hombros desnudos que estremecieron mi torpe mano que buscaba silenciar Soul Kitchen de los Doors; tu blusa era un juego de franjas azules y blancas que se confundían con el atuendo de una sofisticada chica francesa llamada Michelle a la que le gustaba escuchar esas palabras que juntas suenan muy bien. Un libro viejo reverdecía entre tus manos, como reverdeció mi alma cuando te acercaste y me saludaste; sólo fueron 5 minutos, pero nunca había disfrutado tanto como cada uno de los 300 segundos que conformaron ese breve instante de aquella fría mañana en la que mi cabello aún estaba algo largo para tu gusto. Nunca fuimos a ver esa película árabe, pero creo que nos veremos en el futuro, en el pasado o en otra vida; en Salzburg o Ahmedabad. O no.
Fin de la transmisión.
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