miércoles, 7 de septiembre de 2011

El Amanecer del Tiramisú

¡Ni tan buenas! No tengo idea de por qué los miercoles de este semestre me han sido adversos; a excepción de la clase matutina con el Prof. Uscanga (suspiros y bochornos), he soportado de las inclemencias climáticas del Verano (no, no me refiero a la estación del año), de los infumables juegos de futbol de la Selección Sub-22 de México, y hoy, de la aparente difuminación del Otoño. Sin pruebas fehacientes ni reportes meteorológicos que demuestren la ausencia del Otoño en este semestre, me he puesto a considerar que tal vez el Otoño se ha sentido mejor apostándose en alguna otra región del planeta, en otro continente, en otro país, en otra ciudad, en otra delegación, en la casa de a lado; tal vez presiente el Otoño que el Verano no ha cerrado completamente su ciclo en mi pequeña parcela. Podría titularlo en tema de tesis: "Las estaciones irregulares del año; una aproximación sensorial a los efectos nocivos de la lluvia de Verano en Néstor a partir de Abril de 2011".

No obstante, hoy he terminado de ver Dawn of the Dead (remake de 2004) y he considerado que después de todo hay cosas peores que estar atrapado en una estación del año. ¿O existe algo peor que hordas interminables de zombies hambrientos, veloces y fortísimos? Aunque me ha gustado la dinámica de la película, creo que un elemento esencial del primer film de George A. Romero era la lentitud e ineptitud de los zombies, lo cuál ponía de manifiesto que el mayor peligro para los grupos sobrevivientes al holocausto zombie era su propia incapacidad para organizarse y las disputas por el liderazgo (sin olvidar la tremenda crítica que hace Romero al consumismo estadounidense, al mostrarnos la vida idílica de los sobrevivientes en un centro comercial al mismo tiempo que el resto del mundo es consumido por la barbarie y la devastación). Así que, sí una enfermera, un policia y un velador de una plaza comercial pueden pelear contra miles y miles de zombies, creo que puedo parecer atractivo para el Otoño.

Así que, hoy opté por el tiramisú y Plastilina Mosh. La base de todo tiramisú es la combinación de cualquier bizcocho sumergido en un buen y concentrado café, así que he aprovechado la presencia de soletas y de grano veracruzano, y me he aventurado a los confines del Superama por un poco de queso Mascarpone. Separo unas 6 yemas de huevo, las caliento a baño María (esto es, en una cazuela sobre otra cazuela de mayor tamaño con agua hirviendo) con algo de azúcar y reservo en el congelador. Empieza a sonar Pervert Song Pop y yo bailó mientras se levanta la crema Lyncott a cada movimiento de mi muñeca sincronizada con la batidora; el suave y delicioso queso Mascarpone se deshace entre mis dedos y las aspas, formando una nube de sabores en el bowl dignos de Human Disco Ball. Incorporó las yemas a esta delicada mezcla y el amarillo ténue me indica que la textura y el sabor son ahora indistinguibles, únicos, hermosos. Me aterra el hecho de perder esa perfección por lo que he decidido guardarla en un ataúd de hielo (que ahora llamo refrigerador). El olor del café hirviendo (con un toque de Kahlúa) me indica que es hora de cantar Millionaire, y de sumergir una a una cada soleta para formar una base delicada que servirá cómo trono de reposo para la dulce mezcla de yemas, Lyncott y Mascarpone, sellada por cocóa espolvoreada tiernamente con un pequeño colador de metal. He podido levantar tres capas, cada una más apetecible que la anterior, cada una más curiosa que la anterior. Versos de Afroman, chocolate amargo en la cubierta y tres cerezas. Momento de regresar al ataúd de hielo, hasta el amanecer...

Fin de la transmisión.

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