Estoy sentado en una hojuela de maíz esperando a que llegue una camioneta ordinaria en una ciudad extraordinaria, deseando que ya sea un nuevo y estupido martes para usar la remera que despinta las ilusiones del atardecer. ¿Y sí fueras un velero? entonces podrías enseñarme a bailar porque, enfrentémoslo, canto mejor de lo que bailo y pienso mejor de lo que siento; soy un cerdo chovinista, arrogante y pretencioso, soñador de lo imposible y renegado de lo presente; reniego de ti porque quiero compartir mi silla contigo, porque quiero ver salir el sol en Mumbai y despedirlo en Agra contigo, salpimentar y espolvorear azucar glass contigo. Quiero decirte que no me dejes en lenguas extrañas y saber que me puedo equivocar con todas menos contigo.
Ya te he visto en sueños, sé de tu aspecto, he paseado entre las estrellas que Vishnú colocó en tus ojos y he reconfortado a las flores que se apenan y deciden no abrise ante la presencia de tus labios rojos; he olido el jazmín de tu cabello y he intentado venderte lo mejor de mi cocina a cambio de una sonrisa de tus aperlados dientes. Sé que tu cuerpo baila al ritmo de la música contoneándose seductoramente, subiendo la temperatura del Palacio y doblegando cualquier defensa inventada o real; no es nada fácil estar lejos de ti cuando ya has estado cerca de mi, cuando has disfrutado de mi sazón y cuando te he visto disfrutar de mi repostería pero ahora te has ido, me has abandonado bajo la promesa de encontrarte nuevamente en alguna noche de cosecha.
Por eso busco cada noche la marca de tu mordida irregular entre mis brazos, intento percibir los besos de miel que se escurrían entre mis pérfidos labios altivos. Busco saciar nuestra sed y calmar nuestra hambre, pero somos demasiado dispares, tu disfrutas de cortes de mis Dioses y yo soy vegetariano, a mi me gusta quedarme a hornear platillos y tu tienes un par de maletas para cada fin de semana; tu nunca mientes y yo nunca engaño. No sé si sea digno de salir contigo a caminar a tu lado, de prepararte soletas, supremas y trufas de Saboya, ni siquiera sé si debo volver a verte a los ojos; sé que nunca te llevaré flores y que nunca nos bañaremos juntos. Nunca te haré llorar y criaré con todo mi amor a cada una de las 20 cabras que daré a tus padres como dote. Eso y una laptop.
Fin de la transmisión.
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